1ª. parte
por: Virgilio Guzmán
Había dicho con el último aliento que le quedaba, su renuncia. aún, portó gallarda la
playera tipo polo color azul, con el logotipo de la empresa en color blanco “Corta la
lámina”. Hubiera preferido sangrar el rostro del patrón, pero su fuerza había quedado
rezagada, no sólo en los días laborados, venía de tiempo atrás; fue acumulando el peso
hasta venírsele encima, con la dureza del acero.
Aquella mujer de sonrisa perturbada, detuvo su juventud en los muros de block altísimos,
que a la par de su vida nunca conocieron colores, sólo fueron un rincón aislado en un
terreno semi-baldío de la ciudad.
Tenía unas manos diminutas, pero ágiles; por eso logró un puesto predominante entre los
hombres que siempre la miraron como una abominación de la naturaleza. No gozaba de
gran estatura, pero sacaba ventaja con su fuerza arrolladora, que tantas veces demostró
frente a los bultos de compañeros que, le encomendaban las maniobras más difíciles para
calarla. La fenómeno —la bautizaron— era extraña físicamente, andaba desalineada,
aunque la playera de trabajo siempre la traía impecable; el cabello raído; sus dientes,
parecían un cerrote oxidado, que devoraba carne cruda hasta pedazos de lámina, y, en
alguna ocasión le vieron royendo el escritorio del patrón. La textura de su piel a la
distancia, era una flor marchita, de cocodrilo echando la siesta; en verdad, nunca entró
presurosa en las fantasías sexuales de los hombres, aunque, más de uno apostaba a la
fiereza cautivadora de Vicenta.
Nadie hizo amistad con ella, tal vez, porque no gozaba de un lenguaje amplio, solamente se
hacía entender a base de gruñidos, gestos; dignos de una emperatriz cavernícola. Tampoco
vieron su morada, argumentaban que vivía en una cueva por el cerro más lejano de la
ciudad; por eso, las botas que le daban en la empresa, no le duraban nada. Ignoraban la
existencia de familiares. Decía el patrón —protector acérrimo de ella— que no la
anduvieran molestando “aquí se viene a trabajar, no a platicar chismes”, de esa forma todos
la dejaban por un momento, suficiente para comenzar a imaginarse otra tarugada. Pero
Vicenta se enaltecía, al ser defendida por el patrón; alzaba su pecho para presumir los
frijolitos de senos que poseía.
Los compañeros pensaban si en verdad era hembra, o hermafrodita; o una cruza de perro
callejero con tlacuache; pero no, era mujer; eso lo constató una doctora, cuando en una
ocasión fueron hacer un chequeo exhaustivo a los empleados. La apariencia infundada
muchas marañas en las cabezas de la gente, pero en ella había una vocación distinta, que, al
estar entre las láminas, su aspecto cambiaba, y eso, no lo percibían; construía piezas
majestuosas, cualquier diseño por más complicado, lo hacía, no tenía barreras como los
demás compañeros. El patrón si se fijaba en sus virtudes, de hecho, ganaba más que
cualquier otro empleado, lo cual siempre alegaban los maloras, que nunca pudieron superar
la excelsitud del trabajo de fenómeno.
Los años se llenaron de óxido, que trae el tiempo. Comenzó a perder fuerzas, como quien
pierde el interés por la vida, después de recibir una noticia desahuciada. Bañada de sol,
sentada sobre un block, recargaba sus brazos en su vientre. La producción descendió
vertiginosamente. El patrón había salido una semana completa a un curso de
“Mejoramiento de la productividad en la empresa”. A los empleados poco les importaba,
mientras no hubiera quien los arreara; pero con Vicenta ausente —aun con su cuerpo
inmóvil ahí— podrían argumentar que fenómeno fue la perezosa que no quiso trabajar. Eso
lo fraguaron en los primeros días, después, comenzaron a creer que si tenía un problema. Le
daban buches de agua, porque todo el día se la pasaba en el sol, y le pasaban por la nariz un
pedazo de lámina, pero ni siquiera habría la boca para comer algo, gruñía débil. A la hora
de salida, le movían su cabeza para que despertara de su letargo, y se iba pandeando, como
si aquel cuerpo de acero se hubiera convertido en plástico. La veían como una nube
arrastrada por el viento.
Pero al regresar el patrón, escuchó los embustes de los empleados, que le adjudicaron a
Vicenta todo el peso de la irresponsabilidad; ese día, por primera vez fenómeno llegó tarde,
entonces el patrón, creyó los argumentos, y la mandó a traer inmediatamente a su oficina.
Ella estaba pálida, su color cenizo se había perdido. Llegó con gran esfuerzo, apretando el
vientre, con las agujetas desabrochadas, deshaciéndose, frente a los ojos que antes la
protegían, pero esta ocasión, ni siquiera la miró. Comenzó a regañarla de todos los
problemas que se suscitaron mientras estuvo ausente, ella sentía el sonido de la voz, como
un martillo golpeando su cabeza.
El patrón no cesaba de lastimarle su corazón, que le había procurado un espacio íntimo, y
venerado, que a nadie más había ofrecido. Vicenta recargo la cabeza en el escritorio, tomó
hoja y papel, y escribió con dificultad: “Vamos a tener un hijo, me siento muy mal, por
favor ayúdame, no me lastimes”. Tomó el papel, lo ondeó como una banderilla de tregua.
Por fin se detuvo encolerizado, observó detenidamente cada palabra, la observó
momentáneamente, apretó su corbata roja, dio un puñetazo en el escritorio, miró aquel
cuerpo maltrecho, tomando fuerza nuevamente “maldita puta, piensas que voy a creerme
esta mentira. Si no quieres trabajar lárgate, aquí nada más vienes a revolcarte con todos,
maldita puerca”. Vicenta quería llorar, pero únicamente como los perros rabiosos, echo
espuma por la boca, se fue tambaleando. Se detuvo en la reja, volteó por última vez a mirar
el recinto de blocks, a sus compañeros que formados en hilera se quedaron estupefactos.
Quitó las manos del estómago, y movió los brazos en un adiós, al cual no respondió nadie.
Se fue tambaleante, como un ave herida. Como quien sabe que regresar sería dar vida a un
hijo muerto.