(Cuento del libro “cuentos peregrinos-Edic.)
por: Virgilio Guzmán
Que terrible desapego se funde en el cuerpo, que distancia perece al mirar en unos ojos
sinceros toda la verdad, que claridad provee un rostro limpio y sin alcohol, una mueca, un
abrazo, una caricia que penetra, un abrazo que ofrece y años y esperanza de guardar un
fragmento del otro, pero que tengo en las manos, que carajos esta dominando mi mente, mi
oído, el cascarón de la desolación, quisiera desesperarme pero únicamente me arde la
espalda, siento rabia pero la espuma se queda en la garganta en gargajos, estoy esperando
llevarme algo de ella, porque no puedo ofrecerle nada, no tengo nada, más que esta carcasa
de cuerpo, estas manos inútiles, estos ojos cafés-rojizos, mi piel pálida, mi vestidura
desgarrada, mi dientes manchados y escasos, mi sangre infectada, mi boca ajada, mi vientre
arrugado, mi adicción al café, al cigarro y al alcohol.
Que hago aquí en medio de la ciudad recogiendo la cosecha nula, mis huesos oxidados, mi
más cambiante ira, mi repudio hacia todos y a nada, podre llegar aquel otro lugar, que es un
simple espejo, un reflejo exacto de lo que ya he pasado, no hay nada nuevo más que
diferentes gentes, diferentes caras, diferentes tiranos, diferentes atropellados, diferentes
mentiras en nuevas oficinas, nuevos comercios, diferentes instalaciones haciendo
producciones masivas, que puedo decirte si tu estas en el centro de todo, en cada vértebra
de esta columna flácida que no entiendo, mi cuerpo bofo como chatarra cayendo en la
emblandecida tierra en los ojos de la ceniza, vivo en la canal de aguas contaminadas estoy
bebiendo mi desecho.
Lo último que abre dejado para comer, me borra la memoria, nada se archiva nada tiene una
acústica como la de Sonora, los artistas se siguen se movía como las serpientes, ya unos con
su mechón de canas blancas moviéndose de risa en risa, en mesa en mesa, unos viendo con
una de café o un buen vino después de un descanso, otros como yo, con un café terroso,
viejo, pareciera el mismo de siempre, otro con un chicle para mascarse y hacerse idiota en
esperar largas horas a nadie.
Hoy tengo un ansia que reside dentro, como una necesidad de máquina que laboró hace
años, una pérdida insustituible el cerro de San Cristóbal, ellas están ahí, tendida en el cerro,
en alguna parte del cerro de los recuerdos muertos, pudriéndose, en el aroma de la
descomposición de los deslices recuerdos, aquel cerro brilla su caricia de muerta también.
Voy a comerme su cuerpo para quedarme con ella, para digerir su carne como tantas noches
lo hice, como nunca parecía terminar, pero que es final hasta que se alcanza, la última
posibilidad de la muerte ha quedado rebasada, hay grandes cimas que traspasarse, grandes
montañas para encontrar lo mismo en otra pieza musical de las tragedias amorosas tan
repetidas y sin tragedia ni chiste alguno, otro cerro de muertos para descansar e hipócritas
haciéndose invisible en el valle de los ciegos y en el abandono para simular y no ver que no
crezca nada de sus desechos cuerpos que va paya, una técnica para continuar la vida a base
de explotar aquellos objetos de la producción, de la mecanización, de la maldita tecnología,
y la mercadotecnia, la más repudiada, y sin embargo ya me ha entrado hasta el último
nervio, donde está su maniquí ensangrentado los bolsillos y la ulceras, ya te veo, descansaré
contigo en el cerro de los muertos.
Mamá, tu cuerpo ya no tiene apariencia de nada, tus huesos están cubiertos del tiempo,
papá se te adelanto y sigue intacto, como el televisor viejo blanco y negro que en casa lo
acompaño su vida, si pudiera avergonzarme de algo sería el haberme ceñido a esta ciudad
muerta, aquel resonar de las fábricas de maestranza, el paricutín y loreto, solo las
campanadas del reloj me recogían la calma de mi muerte pacienzuda.
Llegó mi memoria hoy a mi recuerdo de muchos lugares muertos, de muchos lugares,
donde en ninguno se quedaron vivos, ya eran nómadas, tan dispersos para no encontrarse,
explotadores auto matizados, nauseabundos, epilépticos, coléricos, minusválidos mentales y
como yo alcohólicos que me desplazo al desperdicio y al desprestigio si es que lo hubiera
habido claro, la continuidad, el abandono, la fuga, el auto grillete, la pirámide de cuerpos
muertos, la enfermedad de los humanos que como animales se dedicaron a matar
inacabablemente a los animales, quisiera dedicar mis últimos días a pregonar alabanzas a la
estadía que de aquí me formo, de la soledad que me aprisionó y me hizo escribir durante
horas, años sobre la compañía de mi soledad.
Ya ahora con las maldita tecnología del desengaño y falsarias creencias para tragar como
perros hambrientos el consumo como maquinitas de tragamonedas que sólo lograron
encarecerme ideas nuevas, y ahora que he decidido marcharme, a buscar al reflejo que
habita en otras partes donde nadie me espera, hoy no se espera al ser igual, aquí nadie
espera, esperara para encontrar un nido donde no haya ratas, ni víboras , alacranes,
escorpiones, epidemias, malformaciones genéticas y menos sustentos del espíritu
encarecido en un cuerpo como el mío, con un muro que le he puesto muy dentro para que
no salga, porque se, que en cualquier momento se aleja y deja a mi cuerpo sólo, sólo y en la
oscuridad y sin ojos.